Una trampa en el Camino de Santiago

Una de las peregrinaciones más legendarias de Europa, inspiradora de libros e historias, es un asunto pendiente para un periodista de viajes que llegó hasta el final. Pero con un truco.

Empapado por la lluvia, entré a la catedral junto a los peregrinos. Como ellos, recibí las miradas de admiración de quienes esperaban la misa. Fieles que contemplaban a los caminantes que se dejaban caer -exhaustos- sobre el histórico piso del templo. Ellos lo habían logrado y la gente parecía reconocer -con emoción- esa gesta, el triunfo de la voluntad y la fe luego de semanas para completar la centenaria huella.

Junto a ellos, me sentía reconocido, apreciado, celebrado. El problema era que yo había llegado ahí usando un truco.

Santiago de Compostela, en Galicia, España,es el lugar donde la tradición indica que se guardan los restos de Santiago, apóstol de Cristo, Patrono de España y razón de que tantas personas -al menos 300 mil cada año- hayan realizado, y siguen haciendo igual que hace siglos, una de las peregrinaciones más tradicionales e importantes del mundo.

Cuando llegué al final de esa ruta, desde luego yo no era un peregrino. No buscaba una experiencia mística ni caminé para ganarme la Compostela, el documento que certifica que el viajero ha cumplido los requisitos del Camino. Ni siquiera era un trekkero en busca de una ruta bien organizada y barata, la otra razón por la que muchos llegan a hacer ese circuito. Lo que hacía ahí era un trabajo: estaba probando una modalidad harto cómoda de “peregrinar”: unas cuantas horas de marcha durante el día, mientras un vehículo de apoyo se encargaba de trasladar todo, desde la mochila hasta los propios viajeros, que podían decidir -en cualquier momento- que ya estaba bueno y que no querían dar un paso más, así que podían devolverse a la van y luego podían rematar el día no en un puesto de peregrinos, sino que un alojamiento cómodo, estiloso y de buena gastronomía.

Era una modalidad de peregrinaje promocionada por la autoridad turística local que, más encima, nosotros, un grupo de periodistas, experimentábamos en versión todavía más acomodada: caminábamos solo los tramos bonitos. Nos saltábamos, por ejemplo, las partes en que la huella iba pegada a la carretera o a sitios industriales. En cambio, podíamos quedarnos solo con la caminata por tramos en que el sendero se internaba bajo arboledas centenarias. O cuando cruzaba campos y pueblitos encantadoramente melancólicos.

Quizá por eso, por toda esa comodidad, a ratos sentía un poco de vergüenza. Quizá era el hecho de que, luego de dejar la van y empezar a caminar, pronto el encuentro con otros peregrinos (ellos sí, verdaderos peregrinos) nos hacía merecedores de la camaradería de los que han caminado cientos de kilómetros con un fin espiritual. O recreativo. En esos momentos, costaba olvidar que la van debía andar por ahí, y era aún más penoso encontrarse de pronto con el vehículo en un recodo, a la vuelta de una esquina, a mitad de un camino, con el chofer y la guía esperándonos con familiaridad a la que debíamos responder con fingido desconocimiento, hasta imitando la mirada reprobadora de los verdaderos caminantes.

Nuestra falsa peregrinación había comenzado en Samos, a 160 kilómetros de Santiago de Compostela, donde se encuentra la Real Abadía Benedictina de San Julián, fundada en el siglo VI. Ahí pedí mi pasaporte-credencial, el mismo que los peregrinos van llenando de timbres en las diferentes escalas del Camino, para acreditar que efectivamente han recorrido la ruta completa. O al menos caminaron los kilómetros necesarios para ser reconocidos.

Aclaremos esto: lo que usualmente se conoce como “Camino de Santiago” se refiere en realidad a varias rutas de peregrinación que llegan a Santiago de Compostela luego de cruzar varias regiones de Europa, y donde el Camino Francés es posiblemente el circuito más famoso: parte en Roncesvalles, en los Pirineos, a unos 800 kilómetros de Santiago. Era la huella que muchos de los que veía caminar a mi lado estaban recorriendo desde su origen.

Para lograr la Compostela solo necesitaban caminar los últimos 100 kilómetros, y eso era -en cierta forma- lo que hacíamos. Para eso la van nos había dejado cerca de varios de los hitos principales. Todo hotel, restaurante, bar, almacén, albergue en el Camino tiene un timbre, pero los que importan son los sellos de las grandes iglesias, conventos y otros hitos: esos se presentan al terminar la ruta y así se demuestra que uno hizo lo que dice que hizo. Esos sellos estaban en mi pasaporte, pero no era lo mismo.

En todo caso, tampoco podía sentirme tan mal. Según las estadísticas oficiales, apenas un 15 por ciento de los peregrinos que intenta hacer el Camino completo llega a Santiago. Y no es porque se perdieran o algo así. Era fácil encontrar, casi a cada rato, la flecha que indicaba hacia dónde seguir.

Mientras caminaba, en los ratos que lo hacía, cada tantos metros se veían modernos carteles blanquiazules que muestran el Camino. También había viejos monolitos de piedra marcados con una concha grabada (uno de los símbolos que identificaba a los antiguos peregrinos y que ahora es imagen y souvenir de la ruta moderna), que además indicaban el nombre del lugar y los kilómetros que quedaban hasta el próximo descanso. Pero cuando hasta eso fallaba, siempre había una flecha -usualmente amarilla, algunas veces blanca- pintada en un árbol, en el suelo, sobre una piedra, en la esquina de una casa, para mostrar a dónde debía ir en cada momento de duda.

Si la vida fuese así de fácil.

Antes de comenzar la ruta, había buscado material sobre el Camino en una librería y di con Bueno, me largo, el diario de viaje del comediante alemán Hape Kerkeling, que vendió millones de ejemplares. Se trataba de una selección de anécdotas sobre la travesía y de lo que había aprendido mientras recorría el Camino. También había algunos datos históricos, como el que fijaba hacia el año 813 (también se habla del año 835) el momento en que un eremita llamado Pelayo habría descubierto la tumba donde luego el obispo local reconoció los restos del Apóstol Santiago, que habrían sido llevados a España por sus discípulos Teodoro y Atanasio. Hecho el hallazgo, el rey Alfonso II ordenó levantar una iglesia y declaró a Santiago patrono de España. Nació así un símbolo especialmente poderoso y necesario frente a la expansión musulmana en la península ibérica, iniciada casi exactamente un siglo antes. Lo de Santiago de Compostela era también una buena alternativa para inspirar a los cristianos, prácticamente impedidos de peregrinar a Tierra Santa.

Pensaba en esos datos cuando ya estaba llegando al Monte do Gozo, llamado así porque desde esa altura se alcanzan a ver, de lejos, las torres de la Catedral. El final del camino.

La tradición dice que es usual que los peregrinos lloren más o menos a esta altura de la ruta. Claro, para entonces seguro llevan al menos un centenar de kilómetros recorridos a pie, y así cualquiera llora. No como nosotros, a quienes la van nos había dejado apenas a unos 15 kilómetros del templo-meta.

Con la Catedral tan próxima, empecé a marchar decidido a tener al menos un día de la experiencia verdadera. Apenas empecé, la bruma se convirtió en gotas tenues, gotas grandes, goterones. Y poco más adelante ya era una lluvia desatada, que apenas permitía ver los metros que venían por delante.

En el fondo, esa lluvia -sentí en ese momento- era una mínima compensación frente a las comodidades con que me había movido los últimos días. Claro que esa reflexión culposa era además egoísta, porque no tenía en cuenta a los verdaderos peregrinos que sí habían caminado y se estaban mojando igual que yo.

Como fuera, caminé.

Cuando llegamos a Santiago, cada pared de piedra, cada explanada de piedra, cada escultura de piedra de la impresionante fachada principal de la catedral parecía lavada por la lluvia.

Habíamos llegado a tiempo para la misa y dentro del templo, por todas partes se veían mochilas, bototos embarrados. Rostros extenuados. Di unas vueltas y elegí el rincón más alejado, junto a un pilar, para tirarme al suelo y mirar de vuelta a la gente, a los fieles, que un rato antes me habían homenajeado con la vista, igual que a todos los otros peregrinos, sin saber de mi truco.

Entonces, justo al frente, apoyado en otro pilar, un peregrino flaco, largo, barbudo, con ojos grandes, apoyaba su cabeza en la mano. Junto a su pie había un tubo de cartón. Dentro, enrollada, estaba la Compostela que certificaba que él sí había caminado. En un momento la sacó, la miró largo rato y la volvió a guardar.

Cuando el guía se acercó a mi grupo, al de los periodistas, y nos dijo que teníamos los sellos necesarios, que podíamos tener nuestra Compostela si la queríamos, decidí que no. Tendría que volver y hacerlo bien.

POR Mauricio Alarcón C.
grandes aventureros
El Mercurio

Articulo original en Economia y Negocios

Buen Camino!

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